PADRE LE HABLA A PEÑA
Muerto en vida es
como Felipe de la Cruz Sandoval describe, con desesperación, el estado
de su hijo, quien tras sobrevivir a la masacre de Iguala el 26 de
septiembre, ha perdido las ilusiones de seguir adelante.
“Eran jóvenes, estudiantes, sin armas, solo su voz gritando: Somos estudiantes, no estamos armados”
"Me duele en el alma, en el
corazón, saber que está afectado psicológicamente. Espiritualmente se
siente muerto", lamenta de la Cruz, con el rostro desencajado, en una
entrevista con UnivisionNoticias.com.
Felipe de la Cruz es el hombre que se ha atrevido a encarar al presidente Enrique Peña Nieto.
Y hasta le pidió su renuncia. Es padre de Ángel, uno de los
sobreviviente de Ayotzinapa, de donde también egresó él mismo hace
décadas.
Y por eso no le tembló la voz para
decirle al Presidente de México que no creía en él durante la reunión
que sostuvieron el pasado 29 de octubre en la residencia presidencial
de Los Pinos.
Su valentía se difundió en medios
de comunicación y redes sociales. Hoy cuenta a UnivisionNoticias.com
que desde aquella plática con el mandatario no ha recibido
intimidaciones, pero tampoco lo han llamado ni dado respuesta a sus
reclamos.
"No tengo miedo. Sé que hay algo
que me sostiene firme. El saber que hay posibilidad de que los muchachos
desaparecidos puedan regresar a sus hogares", asegura.
"Tras la desaparición de los
normalistas, 43 comunidades se han quedado sin maestros", subraya de la
Cruz, quien vive de dar clases en Acapulco, Guerrero. Se refiere a las
43 comunidades a las que los 43 alumnos tendrían que ser enviados
después de egresar como maestros a dar clases.
De sus cuatro hijos, tres hombres y
una mujer, su hijo Ángel, de 19 años, es quien cursa el segundo año de
la Normal de Ayotzinapa. El día del ataque de los policías municipales
de Iguala, logró salir con vida.
Los padres de los jóvenes consideran que su reacción fue tardía y escaza, incluso uno de los padres le pidió su renuncia.
Esa noche Ángel, al escuchar cómo
los policías accionaban sus armas contra sus compañeros, corrió detrás
de uno de los camiones para llamar a su papá y advertirle lo que estaba
pasando.
En ese momento, Felipe no se
imaginó lo que harían los policías. Incluso, le dijo a su hijo que se
dejará detener y que al día siguiente lo sacarían porque no estaban
haciendo nada malo.
Ángel, mientras tanto, miraba cómo su amigo Aldo Gutiérrez caía al piso por un balazo en la cabeza.
"Eran jóvenes, estudiantes, sin armas, solo su voz gritando: Somos estudiantes, no estamos armados", reclama De la Cruz.
Su hijo logró refugiarse en una
clínica cercana, cuando llevó a otro compañero herido en la boca. No los
atendieron. Unos militares, en cambio, les restregaron que "si eran muy
hombrecitos enfrentaran la situación".
Al día siguiente Felipe y Ángel se reencontraron.
"Fueron momentos de convulsión
emocional. Venía cabizbajo, triste, sintiendo impotencia porque no
pudieron hacer nada por sus compañeros", relata De la Cruz.
Según Felipe, desde ese día sintió
el dolor de los demás padres de familia que, hasta la fecha, no saben
que ha pasado con sus hijos. Pero se siente agradecido con Dios porque
su hijo está vivo.
“Ese sentimiento me obliga a estar
acompañando al resto de los padres porque mi hijo pudo ser uno de los
muertos, heridos o desaparecidos", explica.
Tras el anuncio oficial de que tres
integrantes de Guerreros Unidos aseguraron haber recibido y ejecutado a
los 43 estudiantes, Felipe y el resto de los familiares mantienen su
postura: para ellos, los jóvenes estarán vivos hasta que les demuestren
lo contrario con pruebas, no con palabras.
"Para nosotros sigue el tormento
psicológico por parte de las autoridades. En las primeras detenciones
los delincuentes habían dicho lo mismo, y los cuerpos resultaron no ser
los de nuestros estudiantes", recuerda.
La lucha de Felipe no termina aquí:
quiere que su hijo vuelva a vivir como un joven normal, que recupere
las ilusiones, aunque eso signifique que tenga que enfrentar más
batallas.
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